Echo de menos bailar
La falta de tiempo me ha hecho sacrificar la danza. Es horrible. Puedo pasarme horas viendo videos en youtube, sacándole los defectos a muchos y maravillándome con muchísimos más; puedo vestirme con la ropa de la actuación de Tridance y hacer numeritos frente al espejo… pero desde luego la sensación ni se parece. Necesito un ambiente que sólo puedo encontrar rodeada de gente.
Quisiera seguir yendo a clases de danza del vientre, pero el tiempo no me sobra y hay otras cosas que me es imposible dejar de lado.
No sé si podré explicar con palabras lo que es la danza del vientre para mi. A menudo uno se mira y se ve con kilos de más, de menos, ojeras, bolsas en los ojos, demasiado alta, demasiado baja, de pecho plano o una vaca lechera… SI, el caso es sacarse defectos, o que te los saquen los demás. A menudo dan ganas de pegar un salto y dejar de pensar en que me duele esto o aquello, dejar de tener responsabilidad sobre uno mismo y escaparse volando…
Y ahí está la danza.
Ella no te juzga. A ella no le importa cómo seas. Simplemente bailas.
Y tu cabeza está en otra parte. Tus michelines se mueven con tanta gracia que los besarías si alcanzases a hacerlo. Y lo haces, porque eres capaz de sentir como el beso baja desde tus labios hasta tu vientre y se mueve al son de tus caderas. Tu cuerpo se vuelve perfecto.
Porque no se debe bailar para que te vean, sino para que quien lo haga pueda sentir por un instante eso que tú sientes al moverte.
Quiero volver. Sólo espero que la danza no se haya olvidado de mí cuando nos volvamos a ver.
Los deseos
Curiosa palabra, deseo. Y no es que me parezca curiosa por su significado en sí, bastante evidente (en caso de duda consulte a rae.es) sino porque en ocasiones entristecen, alegran, dan esperanza o te ayudan a guardarle rencor a alguien.
Los deseos…
¡Qué gran invento! Pero qué poco útiles son en realidad. Cuando deseas algo ocurre que careces de ello. “Deseo la paz en el mundo” se impuso como tópico de frase en el concurso de Miss X, “desearía no haber hecho esto”, “desearía tener aquello, “desearía aprobar este examen” y ya que estamos, deseamos volver a Roma y lanzamos una moneda (o dos) a la Fontana di Trevi.
Cuando pensamos en lo que deseamos, es como si por un instante, uno de los latidos de nuestro corazón se hiciese más intenso. Te pone nerviosa, te da ánimos, te crea amargura.
Debería haber un sistema para poder sacar nuestros deseos de dentro y guardarlos en botecitos, a la vista de aquellos a quienes se los queramos mostrar, pero sin cargar con la inquietud que nos causan. “Algunos lo llaman ilusión” como en la lotería. Si, deseas que te toque.
Y la verdad es que vicia eso de desear. Normalmente uno hace lo que está en su mano (algunos todo, otros parte) para que sus deseos se cumplan, tanto por el placer de realizar o conseguir aquello que anhela, como por quitarse de encima ese latido que le atormenta. Pero ¡ay! el ser humano, como dice el anuncio, siempre quiere más. Y como nadie puede quitárnoslos, y como nadie puede decirnos qué desear, almacenamos cuantos más mejor. Y como decía Gautama: “la raíz del sufrimiento es el deseo”. Pero a ver quién nos los quita, cuando van acompañados de esperanza…
